Cuando asistes a una boda, es usual que una vez que se encuentran los novios en el altar el sacerdote realice la ceremonia de cara al público.
Todos los presentes ven a los novios de espaldas y personalmente siempre he tenido curiosidad por ver sus expresiones a lo largo de la celebración. Siempre he tenido que esperar a ver la filmación o las fotos para ver si el padrino se aburría, si la novia lloraba, si el novio expresaba su emoción. En qué momento se miraban de reojo, y por sobre todo, siempre me quedaba con ganas de ver el momento en el que entregan sus alianzas. En algunos casos, la pareja se pone de perfil pero solo por un instante.
Hace poco asistí a la boda de una amiga. Ella llegó al altar del brazo del padrino, como es costumbre, pero ya había algo inusual: ella entró sonriendo, con un paso relajado.
Cuando el novio la recibió y el sacerdote dio comienzo a la ceremonia, los invitó a darse vuelta. Bajó los dos escalones que llevan al altar y se ubicó delante de ellos y sus padrinos, de espalda a los presentes, diciendo:
“Todos los aquí reunidos están acompañando a esta feliz pareja, y ellos están felices de que estemos celebrando esta unión. Los protagonistas son ellos y no yo. No le están dando la espalda a Nuestro Señor. Es Él quien protege las suyas, como lo hará siempre”.
Acto seguido y siempre en un tono distendido y cálido llevó a cabo la ceremonia. Realmente de este modo todos hemos compartido la celebración. Nos hemos emocionado con la emoción de los novios, y nos hemos reído cuando ellos lo hacían.
Cuando el sacerdote finalizó con “Puedes besar a la novia”, un caluroso, ruidoso y extendido aplauso llenó el recinto y los abrazó.
Me encanto!







