La verdad es que nunca me interesé mucho en el tipo de joyas que debería o no llevar el día de mi boda. Había leído, y supongo que quizás es un poco de lógica, que se puede llevar casi cualquier cosa con la condición de que no desluzca el conjunto de todo -vestido, peinado, maquillaje…-.
No tenía excepción intención de llevar nada más que mis pendientes de diario, que para mí significan mucho, porque fueron el primer regalo de san Valentín de mi marido. Apenas nunca me los quito, pero oh! desilusión, son dos perlitas, y claro, como las supersticiones son así, pues las novias no pueden llevar perlas, porque siginificarán lágrimas en su vida de casada. Toma ya! (por cierto, que sólo debe ser una tontería de las novias españolas, porque obviamente, en otros países es de las joyas mas vendidas para novias… o será que ellas no tienen tan mala suerte??)
Pero un día, paseando por mi ciudad, en un pequeña tienda de regalos, encontré los que iban a ser mis pendientes de novia. Me gustaron desde la primera vez que los ví, supongo que me recordaban los colores de mi vestido de novia. Son de plata, nácar y olivita. Así que como no tenía ‘joyas de la familia’ con que contar, decidí comparármelas yo misma.
Como eran bastante aparentes, luego no pensé en ningún tipo de complemento para el cuello (además, me parecía difícil de combinar). Pero recordé una pequeño colgante que le habíamos traído a mi suegra de Irlanda, que también era de plata y combinaba además con mi anillo claddagh. Parecido a éste que veis en la foto.
A última hora, cuando me estaba vistiendo, entró mi padre a verme y a entregarme dos anillos que habían sido de mi abuela. No son especialmente bonitos ni de gran valor, pero ella se los había dado para mí, y para mí llevarlos era como tenerla cerca el día de mi boda (falleció hace 8 años). Así que también me los puse, en total llevaba 3 anillos, y cuando salí de la iglesia 4.
Como véis no era un conjunto muy ortodoxo… igualito que la que lo llevaba.







